miércoles, 9 de agosto de 2017

Rose abrió los ojos, sintiendo una repentina molestia por la claridad impoluta de la habitación en la que se encontraba. Estaba aturdida, mareada y extrañamente pesada. No le dolía nada. Le costó abrir los ojos del todo. Cuando lo hizo, se encontró a sí misma tendida, con una pierna vendada bajo las sábanas y rodeada de un cuchiheo constante al otro lado de la puerta. Estaba es un hospital... estaba... 

De repente, los recuerdos se agolparon todos en su cabeza, de uno en uno. Los gritos, la sangre, los disparos, Fred... -No... ¡No!- gritó, saliendo de la cama en un acto rebelde contra su bienestar. Al poner los pies desnudos en el frío suelo, se resbaló y calló. Un dolor en la flexión del codo fue precedido por un goteo leve de sangre del mismo. El equipo de suero cayó junto a ella, casi golpeándole la cabeza. Se puso de pie como pudo, ignorante de sus finas prendas de ingreso, y abrió la puerta rápidamente. Allí fuera, en el pasillo del hospital, había enfermeras caminando de un lado para otro, ajetreadas. Tambien pudo observar a dos policías hablando entre ellos, justo antes de que la interceptaran.
-Señorita Walter ¡Se ha despertado! ¿Como ha llegado hasta aquí?- preguntó una enfermera que pasaba por allí.
-¿Donde... donde...?- preguntó con pesadez en la voz. Las piernas le temblaban. Casi no podía estar en pie. 
-Está en Bella Angel, señorita Walter. Está bien. No corre ningún riesgo-
-¡No! ¿Donde están? ¿Donde están...?- preguntó histérica. El silencio de la enfermera la quebró por dentro. -¡¿Donde están?!-
-Por favor, tranquilícese... Vuelva a la cama y le contaremos todo lo que quiera saber.- Rose tragó saliva. Se miró el anillo de oro reluciente en su mano derecha y después, cedió. Volvió a la camilla, acompañada de la enfermera, quien recolocó la vía del suero en el brazo de la chica. No mostró queja alguna, a pesar de la rudeza del conducto.
-¿Donde está mi marido...? ¿Donde están mis padres...? ¿Donde están todos...?-

Por el ojo de buey de la puerta, pudo observarse como Rose paso del estado de incredulidad, al de auténtica locura. Gritó, lloró, pataleó y se negó a creerse la suerte que su familia había corrido. Lloró durante incansables horas, no dejó que ningún policía entrarse para tomar testimonio, que ningún familiar o vecino la visitase. Nadie. No quería ver a nadie. No estaba bien... ni se iba a recuperar.

La ciudad seguía conmocionada por lo ocurrido. La policía no dejaba de visitar diariamente el hospital Bella Angel para intentar interrogar a los poquísimos invitados vivos de aquella masacre, quienes cada vez eran menos. Uno o dos al día acababan muriendo por las terribles heridas. Rose lo sabía, las enfermeras se lo confesaban, pero ya no le quedaban más gotas que derramar para ellos. Era ella la única superviviente que aún parecía superar el día a día , pues pasaba los días de su lenta recuperación externa sedada, callada y sobretodo, mayormente dormida. Cuando despertaba, las enfermeras le llevaban agua inmediatamente para hidratarse y examinaban su estado, pues una evolución se empezó a percibir en ella, y es que chica se mostraba impasible. No hablaba, no lloraba, apenas pestañeaba. Su mente estaba perdida en un mar de sangre, gritos y balas. Las horas pasaban largas, incalculables para ella. Sólo oía y veía pasar a las enfermeras de un lado a otro, visitándola de vez en cuando para controlar que estuviese bien y cambiarle las vendas. La herida de la pierna dolía y ardía como el infierno. 

Fue aproximadamente al atardecer, cuando por fin recibió una visita que no era en absoluto esperada, ni tampoco precisamente deseada. Esperando ver a una enfermera entrar o a uno de esos policías pesados que solo querían interrogarla una y otra vez, un hombre vestido con unos pantalones y chaleco beige sobre una camisa blanca y un sombrero del mismo color que la chaqueta entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. No contento con aquel encierro, colocó una de las sillas para invitados bajo el pomo, bloqueando la puerta. Rose se alertó al ver aquellas acciones. ¿Y sí...? -Eh...-
-Rose Walter ¿No es así?-
-¿Quien es usted?-
-Perdone mi entrada, pero estas cosas son más que necesarias para que no estropeen mi trabajo. Soy William Cross. Soy detective, pero no trabajo de lado de la policía.-
-Mire, señor Cross. Lo que sé ya se lo he contado a esos que están ahí fuera. Y si viene, como todos, a cuestionar la reputación de mi marido, puede irse por donde a venido. Frederick no era ningún criminal-
-Lo siento, señorita Walter, yo...-
-Señora- le corrigió. Llevaba el aniño de bodas. Se había casado. Sólo era... viuda-
-Es cierto, señora Walter... Bell. Mi mas sentido pésame por la pérdida de... bueno...- Aquel detective, William, estaba nervioso. Parecía tener prisa. No atinaba con las palabras. Rose se mantuvo en silencio, impasible. -Créame cuando le digo que no vengo ni a interrogarla ni a cuestionarla-
-Entonces ¿Que quiere?-
-Quiero hablar con usted sin que se entere la policía. Mucho me temo que... La Mano Negra actúa sobre ellos-
-La Mano Negra... Oiga... No estoy para tonterías-
-No es ninguna tontería. Mire- el hombre buscó en el bolsillo interior de su chaqueta, extrayendo una placa identificativa que le atribuía un puesto dentro del cuerpo de seguridad.-
-Pero si me ha dicho que usted y la policía no...-
-La policía y yo no trabajamos mano a mano porque está comprada, Rose- dijo de forma seria. Llamarla por su nombre, hizo que la chica prestase más atención a los ojos claros del hombre. -Me enteré de lo que sucedió en su boda apenas unas horas después de lo acontecido. Mientras la policía busca pistas... yo he buscado al culpable principal- al oír eso, Rose abrió los ojos más de la cuenta -Morgan Drake. Creo... creo que es él el culpable. Verá. Llevo investigando a ese hombre durante años. Es un tipo solitario, ahogado en cantidades inmensas de dinero. Aparece en los registros mercantiles como dueños de empresas de... naturaleza cuestionable a las que me atrevo a tachar como tapaderas. No es muy conocido, es posible que nunca haya escuchado su nombre y eso es... extraño para alguien tan poderoso como él. Llevo tiempo sospechando que es cabeza de una de las organizaciones criminales de Diamond Bay, puesto que su nombre nunca resulta manchado-
-Espere... espere...- Rose se acarició la sien. William hablaba deprisa, nervioso. En su frente, se apreciaban gotas de sudor. Y eso, con la información recibida, hacía que a la chica le doliese la cabeza. -¿Me está diciendo que hay un sospechoso... y que no está entre rejas?- 

De repente, se hizo ruído al otro lado de la puerta. Alguien, presumiblemente una enfermera, tenía intenciones de entrar. 
-¿Rose? ¿Rose? ¿Está usted ahí?- Tanto la chica como William, guardaron silencio. Ambos se miraron. El hombre profirió una mirada suplicante... y Rose decidió callar. -Si no abre la puerta, mucho me temo que tendré que llamar a alguien de seguridad. ¿Rose? ¡¿Rose?!... Ahg... ¿Por qué siempre me tocan a mi los pacientes mas complicados?- y tras decir aquello, se marchó. William suspiró enormemente aliviado.
-No me queda mucho tiempo. Si Morgan no está ya en la cárcel más oscura, pudriéndose, es porque no tengo pruebas que lo incriminen... pero sí indicios. Sospecho sobre la culpabilidad de Morgan porque el día de su boda, la mansión en la que Drake residía, ardió hasta los cimientos. No hubo noticias sobre ello, pareciera que hay un complot en que, una vez más, no se haga eco de su apellido. Y es extraño, Rose. Un hombre como él siempre iba custodiado por guardaespaldas... y ahora está en este mismo hospital, ingresado, solo, sin visitas y con heridas que según las enfermeras, nada tienen que ver con las provocadas en un incendio. Ha sucedido algo. A priori parece no tener conexión, pero estoy seguro de que la hay.-
-Pero no deja de ser una sospecha, entonces-
-Una sospecha de años de investigación.-
-Entonces... ¿Qué quiere de mi?-
-Colaboración-
-Ya le he dicho que he contado todo lo que sé. Apenas recuerdo nada... sólo... sólo que fueron muchos y no les vi llegar-
-No me refiero a ese tipo de colaboración. Rose, lo que le voy a pedir es serio. De verdad. Puede rechazarlo, mandarme a la calle y denunciarme si es lo que le place al oírme. Pero en ese caso y si mis pesquisas son ciertas, saldríamos perdiendo los dos.
-¿Qué quiere?-
-Rose ¿Quiere venganza?- La chica tragó saliva tras aquellas palabras. Venganza. La palabra con la que llevaba soñado incluso cuando la sedaban. Esa sed, esa rabia, esa impotencia, ese deseo...
-Por supuesto-
-¿Y hasta donde estaría dispuesta a llegar para conseguirla?-
-Hasta donde sea- contestó con frialdad y ojos húmedos, pero sin derramar lágrima alguna.
-Lo único que necesito son pruebas. Pruebas que demuestren de una vez por todas quienes son Morgan y sus hombres y en que mierdas se han metido todo este tiempo. Y créeme, llevo años buscando esas pruebas pero quizá por ser yo no las encuentro. Es un tipo demasiado distante y desconfiado. Necesito a alguien que no esté comprado, que colabore conmigo, que indague en ese hombre. Por eso he venido a verla.
-¿Indagar...? ¿Como?-
-Siendo su compañía. Una... mujer de compañía- aquellas palabras sonaron frias sobre Rose, que no supo que decir -Le dije que era serio-
-¿Se refiere a una prostituta?-
-No exactamente. Una escort. Una compañía remunerada que no implica relaciones intimas si no se desean. Es la única forma que encuentro de poder acercarse a un cabeza de mafia. No se relacionan con nadie, sólo con la Familia.-
-Pero...-
-Si acepta hacerse pasar por una escort, podrá sonsacarle cualquier detalle ganandose su confianza. Sonsacárselo o... encontrarlo usted misma. Si le ofrezco esto, no es solo por mí. Le doy la oportunidad de acabar usted misma con la organización. No quiero arrestarlos. Quiero saber nombres y apellidos de cada uno de los integrantes y, cuando los tenga, usted tendrá un arma. Podrá vengarse. Podrá cobrarse la vida de su esposo y familia.- Rose volvió a tragar saliva. Era demasiado... tentador -Yo le procuraré protección. Encubriré sus movimientos. Tengo poder para hacerlo, aún.
-Me está pidiendo que sea la puta acompañante del posible asesino de mi marido ¿Es consciente...?-
-Le estoy pidiendo una forma de hacer que paguen, Rose. Yo la utilizo y usted me utiliza. Esos hijos de puta tienen que pagar por lo que han hecho. Pero no veo forma de actuar ya que no sea esta. Pagarles con sus propios actos.- la miró fríamente -No acepte si no quiere. Es su decisión. Su vida. Pero si es él, si es Morgan... no tengo pruebas-
-Está bien- dijo de repente, convencida.
-¿Está segura?-
-¿Qué me queda? Una casa vacía, una vida sola... una rotura... No voy a perder nada importante si lo intento- expresó con determinación. Rose estaba quieta, tensa, con una mirada cargada de odio. Casi daba escalofríos observarla.
-En ese caso, Rose... somos socios. No le comente nada de esto a la policía, por favor. Tome esto- volvió a rebuscar entre sus bolsillos hasta que descubrió una pulcra tarjeta, la cual le cedió. Tenía un logo propio, de un departamento privado. -Es mi dirección y mi número de contacto- aclaró -Y si le da la vuelta, verá a lápiz otra dirección. Son los apartamentos Sullyvan. Si usted va y le dice al encargado que viene de parte de Crossy, le cederá apartamento sin coste por si se siente incomoda en su propia casa o necesita un lugar más seguro- Dicho aquello, William se recolocó inútilmente la ropa, dispuesto a irse -No me queda tiempo, Rose. Si me encuentran aquí...-
-Espere...- Ambos se miraron por un instante a los ojos -¿Que gana con esto?-
-Justicia- La solemnidad y la determinación con la que William pronunció la palabra, inspiró a Rose cierta confianza que pensaba no volver a recuperar. Quizá... un hilo de esperanza. -Espero que se recupere, Rose. Cuando esté lista, venga a verme. Recuerde que siempre la ayudaré. Voy a ser su sombra en esto. Quédese completamente segura de ello.- Sin decir más, desencajó la puerta y desapareció.

Al rato, llegó la enfermera con un policia a la habitación. Ambos se encontraron la puerta abierta. La enfermera no supo que decir y Rose, siguió con su imagen fría y quieta, callada. La escena fue ridícula.

Cuando la dejaron tranquila, la chica se acomodó sobre la cama. Observó su anillo, intentando no imaginar demasiado donde debía encontrarse en aquel momento su gemelo. Cerró los ojos e intentó serenarse. No podía estar tranquila si, siendo de verdad el culpable Morgan, éste se encontraba en el mismo hospital. No iba a poder dormir con tranquilidad.

[Light of the Seven - Short version]

A ojos de un artista, el dramatismo de la escena que comenzó a plasmarse en el ambiente, podría haber resultado incluso hermoso, trágicamente hermoso. Las cristaleras de la iglesia comenzaron a saltar en pedazos conforme las balas las atravesaban. La poca música que quedaba en el ambiente fue silenciada por gritos de terror y sollozos de los presentes. La estupefacción no dejó lugar a la alegría, que se esfumó con la velocidad de los proyectiles impactando en el cuerpo de los presentes. Era una lluvia infernal, pues provenían de todas partes. Desde el exterior tenían la iglesia completamente rodeada. A pesar de los alaridos, el oido afinado podía escuchar el constante restallido de los rifles que bombardeaban la zona. Un constante traqueteo, chasquidos de muerte y dolor. Fuego y acero que derramaba la sangre de todo cuanto ser querido conocía la inocente Rose. Primero vio caer a los invitados. Intentaban refugiarse y fue en vano. Tras ella, horrorizada contemplando la masacre que se le hizo eterna a pesar de durar unos rápidos y veloces segundos, se derribó el sacerdote que la enlazó al que debía de ser su marido ante los ojos de Dios, por los siglos de los siglos, inseparables por el hombre. Qué ironía, pues era la mano del hombre quien le arrancaba cada pedacito de su alma que había en esa ceremonia. Sobre el altar cayó el cuerpo del cura, tiñendo de sangre la sacra y pulcra tela blanca que cubría la mesa, en la que estaba el vino y las obleas, que se mezclaron con la sangría. Rose apenas si llegó a reaccionar para esconderse de aquel altercado, pero un dolorosísimo y punzante tremor le alcanzó en el muslo, haciéndola caer con un alarido. Cayó contra el mismo altar sin embargo, golpeándose fuertemente la espalda y la cabeza. Los sonidos se amortiguaron como si se hubiese sumergido bajo un oceano oscuro y lleno de desesperanza. La visión se le nublaba y en sus oidos comenzó a silbar un pitido incesante que no la dejaba oir nada, ni siquiera las voces de auxilio y los estruendosos disparos que no cesaban pese a que la mayoría de los presentes se encontraban derramados por doquier, empapados en sangre. A su lado, pudo ver, estaba Frederick, su amado Frederick. El hombre extendía una mano sanguinolienta mientras pronunciaba el nombre de su mujer -Rose...- intentaba alzar la voz, pero era inútil. De su pecho brotaban hilos de sangre que se esparcían por el terreno de la iglesia. Rose alargó por el igual la mano. Faltaba poco, muy poco, para que sus dedos se pudieran encontrar. Pero entonces fue cuando la chica se percató de que unas pisadas se acercaban, unos zapatos oscuros, pantalones oscuros... y una mano que sostenía un arma. Una elegante pistola, tan llamativa como el anillo que llevaba en la mano, dorado, imponente, con una D en forma de dragón. Intentó verle la cara, pero era imposible, demasiado borroso, demasiado dolor... y Fred seguía llamándola, aunque apenas oía su voz. Aquel que sostenía la pistola encañonó directamente a Fred en la cabeza. Dijo algo. Rose podría jurar que dijo algo, que no llegó a oir con claridad. Entonces el martillo de la pistola se deslizó contra el cañón, deslizándose la corredera hacia atrás a la vez que la bala salía con un fogonazo del cañón, impactando de lleno contra la cabeza de Fred. Una, dos, tres balas en las sienes. La visión de Rose se empañó de lágrimas mientras perdía la luz que le permitía ver. El corazón se le hacía pequeño en el pecho. Desapareció el dolor de la pierna. Desapareció el mundo cuando perdió el conocimiento.

-

Durante el resto del día y la noche, aquella escena fue el mayor centro de atención que Diamond Bay había tenido en décadas. Era la primera vez, según decía la policía a la prensa, que se registraba u na masacre de tamaña magnitud. No tardaron en aparecer rumores y noticias en cuanto se comenzaron a identificar los cadáveres. La familia Bell, asesinada prácticamente por completo en la boda del primogénito de la siguiente generación, Frederick Bell, comenzó a ser asociada con la mafia, el crimen organizado y el contrabando. La empresa que hacía a la familia beneficiaria de una saludable cantidad de dinero fue investigada y prácticamente requisada y despojada de todo prestigio en cuestión de horas al enterarse los socios de todo lo ocurrido, queriéndose desvicular de cualquier raiz pútrida que viniese de las manos ensangrentadas de los culpables de aquel altercado. No hubo una sola persona, ni una sola persona que no se enterase de lo ocurrido, salvo Morgan y Hana. Padre e hja habían pasado el día fuera de Diamond Bay, cumpliendo el deseo de la joven. A la chica le apetecía pasar aquel día de principios de verano en el mar y así lo procuró su padre, en el barco de la familia. Pescaron, se bañaron y disfrutaron de la compañía mutua mientras que el peso de la Familia había caido sobre los hombros de Jack, encargado de solucionar cualquier problema y de cumplir cualquier deuda de la forma más rápida posible, aunque incluyese sangre. Morgan no sabría, hasta su regreso al caer el sol, el grandísimo error que había cometido en confiar en otra persona los asuntos de la Familia. Fue así, cuando desembarcaron con el sol bajo en el horizonte, cuando Morgan sintió un extraño escalofrío al volver a la mansión. El ambiente estaba completamente enrarecido. Los soldados le miraban con frialdad, le ignoraban en mayor medida, incluso a la joven Hana. Había frialdad y desdén. Había preocupación y miedo. Había ira. Morgan no tardó en fruncir el ceño. Lo descubrió todo en cuanto dejó a Hana marchar a su habitación para bañarse y quitarse el salitre de la piel. Jack apareció acompañado de dos soldados mientras Morgan se servía una copa de whiskey, bastante cortita, en su despacho. Miraba a través de un gran ventanal que le daba acceso total a una visión casi periférica de la hermosa Diamond Bay, aunque hasta la ciudad parecía ensombrecida -¿Has leido los periódicos de hoy, Morgan?- preguntó Jack desde la puerta
-Sí- asintió el Don, dando un sorbo al whiskey. Los hielos tintineaban unos con otros -¿Ha ocurrido algo, no?-
-Si los has leido deberías saberlo-
-En el periódico no decían nada-
-Me refiero al de la tarde-
-¿Han sacado una edición esta tarde? ¿Qué clase de sombra planea sobre esta ciudad?-
-Leelo tú mismo- Jack arrojó el periódico sobre la mesa. Morgan lo tomó con celeridad y procedió a leer. Estaba en primera plana. La Boda Negra de la Iglesia San Sabine
-¿Qué...?-
-La comisión está que arde- dijo Jack, cruzando las manos tras la espalda
-¿Esto es obra tuya?-
-No, es obra tuya-
-¿¡De qué cojones me estás hablando!?- Morgan arrojó el periódico al suelo y dejó el vaso sobre la mesa de mala gana -¿¡Obra mía!? No he estado en todo el día en la ciudad-
-Pero fueron tus órdenes-
-Sandeces- le señaló Morgan -Te has metido en un buen lío Jackie, porque no es mi responsabilidad. Los federales te van a comer vivo por esto que has hecho- Jack sonrió, quitándose el anillo del dedo
-¿Tú crees?- lo dejó sobre la mesa con cuidado y Morgan lo recogió ipso facto -Llevando ese anillo, soy tú. Esa eran las normas de la Familia ¿No? Actuar según tus designios. Según tus órdenes. Quien lleva ese anillo es Morgan Drake- Morgan frunció el ceño -Te dije que había otro asunto que atender, pero preferías pasar el rato jugando a las casitas con Hana. Ordenaste que todo se llevara a cabo rápido y eficaz, sin complicaciones. Henry Bell y su hijo Frederick nos debían un préstamo, algo pequeño realmente, pero tus designios era saldar cuentas rápido aunque eso significase sangre- comentó con desdén, medio sonriente
-Maldita sea Jackie, no me refería a eso- gruñó Morgan -¡No a masacrar a toda una familia el día de una boda! ¡JODER!- golpeó la mesa
-Lo siento Morgan, pero me temo que debemos encontrar una rápida solución. Los ancianos de la Comisión saben que ha sido una obra de la Familia y nos quieren a todos muertos. No tardarán en llegar ¿Sabes? Ajustarán cuentas por poner a las fuerzas de la ley con el ojo encima de nuestros negocios-
-Espera... no hace falta entrar en pánico- se llevó una mano a la cabeza y suspiró -A ver... haré unas llamadas. Quizá el viejo Salvatore puede escuchar y aclararemos lo sucedido- acudió veloz al teléfono pero Jack se adelantó y lo obligó a colgar el auricular. Ambos cruzaron una mirada
-Es demasiado tarde Morgan. Me temo que estás marcado. La única forma de salir de esta es arrancando las malas hierbas para obtener una nueva oportunidad-
-¿Qué quieres decir?-
-Lo siento Morgan- sonrió Jack -Pero la Familia, está por encima de todo. Hasta por encima de nuestra propia sangre-

[Rolling Stones - Paint it black]

Desde el piso de arriba, se oyó un grito. Hana. Morgan trató de adelantarse hacia la puerta, pero fue interceptado por los seguidores de Jack. Entre ambos lo arrojaron al suelo y comenzaron a patearle con fuerza mientras Jack encendía un mechero y comenzaba a prender fuego a cada libro, cada fotografía, cada pertenencia de Morgan en su despacho. El fuego no tardó en ascender y el humo se hizo con el lugar. Luego de la paliza, los hombres levantaron a Morgan y lo arrastraron hasta el hall de la entrada, donde el hombre pudo ver lo que estaba pasando. No hubo disparos, pero había fuego. La mansión estaba ardiendo. Los criados y criadas estaban siendo arrastrados hasta el mismo lugar, todos muertos por degollamiento o apuñalamiento. El último fue Lawrence, a quien arrodillaron ante Morgan -Para...- suplicó Morgan -¡Jackie...!- pero Jack simplemente asintió, dando la orden. Un secuaz de éste clavó con fuerza un cuchillo en el gaznate del viejo Lawrence y lo degolló hasta abrirle la garganta. El hombre cayó muerto con pesadez en el suelo -No tienes ni idea de lo que estás haciendo...-
-Oh, sí que lo sé. Salvar la vida. La mía y la de mis hombres. Salvar esta Familia, el futuro de la misma y a la Comisión- se inclinó con cuidado ante Morgan -Con tu muerte y la de todo seguidor tuyo, los viejos se darán por contentos ¿Sabes? Me permitirán crecer y reforjar esta Familia desde las cenizas de la tuya. Será una nueva era- rió -Una era donde las cosas se hagan bien. Te aseguro que yo no acumularé deudas que luego se deban saldar con sangre... y no cometeré tampoco el error de ceder el poder de decidir en mi nombre a otra persona- chasqueó los dedos. Por la escalera bajaba Hana, llorando y chillando. Estaba empapada. A través de su camisoncillo se transparentaba casi por completo el contorno de sus jóvenes pechos
-¡HANA!- vociferó Morgan -Te juro, mocoso, que si le haces el menor daño...-
-¿Es miedo eso que oigo en tu voz, Morgan?- empezó a reir -No hace mucho alguien me dijo que el miedo era la mejor arma, además de explicarme cómo utilizarlo... ¿Cómo era...? Ah, sí, la desesperación, el pequeño resquicio de luz que permite pensar que tienes una oportunidad de salir ileso, de salvarte. Ese es el mayor punto de sufrimiento ¿No es así?-
-Hijo de puta... ¡HIJO DE PUTA!-
-Sí, sí, sí...- hizo un gesto con la cabeza -Es una bonita noche para ver las estrellas desde el acantilado. Vamos con ellos- las órdenes de Jack se cumplieron tal y como decía. Morgan y Hana fueron arrastrados hasta el acantilado tras la mansión. Allí el viento se sentía más fuerte, cálido, veraniego. Hana sin embargo tenía frío por estar húmeda de la ducha. Morgan fue el primero, alineado justo en el precipicio, desarmado y ensangrentado -Bueno, hasta aquí llegamos- dijo Jack. Hana lloraba desconsolada -Tranquila cielo, eh, eh, tranquila...- la tomó del brazo y la atrajo hacia sí. La abrazó. La chica estaba tan estupefacta que ni trató de apartarse. Jack acercó la mano hasta el trasero de la chica y apretó una de sus nalgas -Ssshhh... tranquila...-
-¡QUÍTALE LA MANO DE ENCIMA!- uno de los secuaces de Jack, armado con una palanca, golpeó con fuerza la rodilla derecha de Morgan. Casi se oyó el crujido. El hombre cayó al suelo derrotado y dolorido. No podía mover la pierna a penas
-Tranquilo Morgan, me ocuparé de que no llore por las noches y no pase frío. Cuidaré de ella en tu lugar- sonrió -O no. Lo dejaré a tu elección, en tu cabecita. Quiero que sientas un poco ese dolor mientras mueres. La agonía y el sufrimiento de saber que hay una posibilidad de salvar el pellejo y de salvarla a ella- dejó a Hana a un secuaz y se acercó a Morgan mientras otros dos lo levantaban -Te aseguro que no la mataré... esta noche-
-¿Por qué... has hecho esto...?- su voz estaba cargada de veneno
-¿Por qué? Mmmm... es una buena pregunta- se rascó la barba -Déjame decirte que... en principio... es por ambición- sonrió -Sí, no tengo ningún motivo personal... no mataste a mis padres, ni he de vengar a una amada que murió por tu culpa. Es pura ambición. Es el deseo realizado de un aprendiz. Superar al maestro. Seré más grande que tú y cuidaré mejor de los míos de lo que tú has hecho. Eres blando, Drake. Eres cruel y sanguinario cuando te tocan esa pollita que tienes, pero no dejas de tener un lado blando por culpa de tu hija. La Familia necesita un líder más fuerte-
-Te juro aquí y ahora Jack...- apretó la mandíbula -Que aunque no sea hoy... llegará el día en que no volverás a ver la luz del sol...-
-Ya lo sé. Todos morimos algún día. Es una lástima para ti que no estarás para verme en esos últimos momentos. Adiós Morgan, estos años a tu lado han sido muy... instructivos- chasqueó los dedos y permitió que los secuaces arrojaran a Morgan por el acantilado, hacia el mar y las rocas. Hana gritó de terror, pesar y desesperación -Tranquila tesoro, no tienes nada que temer. Tío Jackie está aquí para acompañarte y cuidarte de las pesadillas...- se echó a reir.


martes, 8 de agosto de 2017

Sacar el traje blanco del armario fue como reavivar una ola de sueños que llegaban a su fin.

El hogar de los Walter estaba repleto de bullicio aquella mañana. Las mujeres, iban y venían. Caminaban por los pasillos a pasos acelerados, portando o recogiendo cosas que la protagonista de aquel día necesitara. Todas cuchicheaban, alagaban o criticaban la situación, pero había una en especial, cuyos nervios iban a dispararse en cualquier momento hacia todas direcciones. La señora Walter examinaba cada costura del impoluto vestido de su hija. No quería arrugas, manchas ni ningún tipo de desperfectos. Ni si quiera en el velo. Ni si quiera en el pelo. Aquella mañana, parecía una máquina diseñada para vislumbrar cualquier tipo de minucia, y eso empezaba a poner de los nervios a su hija. -Madre, no te tiene que gustar a ti.
-No le gustará a Fred si no me gusta a mi- se quejó.
-Para ya, está perfecto-
-Aun no lo tienes bien anudado por detrás-
-Me vas a asfixiar-
-Para llamar la atención, a veces hay que hacer sacrificios- aquel comentario hizo que Rose se doliese de la cabeza. Su vestido de novia era perfecto, por mucho que su madre estuviese aun alerta. Los Walter eran una familia de clase media, y sin embargo, el vestido de la mujer lucía, solo podía ser vestido por una hija de familia acaudalada. La razón de tal hecho, era que el señor Walter había estado ahorrando desde hacía dos años para poder darle a su hija el mejor de los vestidos. De seda blanca y mangas de diminutas piedras brillantes, recto y anudado al cuello. Sin duda alguna, sería la envidia de todos quienes la viesen caminar hacia el altar. Por ello, al dar una patada contra el suelo, Rose se alejó por fin de su madre mientras una invitada, una amiga de la familia que era profesional del campo capilar, le arreglaba un mechón suelto del flequillo.
-Venga, vamos. Ya estoy lista. ¿Está el coche listo?-
-¿Ya?- preguntó la señora Walter con horror -Fred debe esperar un rato hasta que puedas entrar. Sería horrible que llegases antes que él a la iglesia-
-Que costumbres mas anticuadas-
-Tu padre esperó dos horas-
-Padre lleva esperándote toda la vida. Venga, vayámonos ya. Cuanto antes comience, antes terminará y podrás relajarte. Ya verás.- Rose sonrió a su madre con dulzura. Estaba emocionada y feliz, pero aun no era capaz de mostrarlo por completo.
-Está bien- suspiró -Ya verás. Va a ser el mejor día de tu vida-

La llegada a la iglesia, finalmente, se atrasó un poco. La floreciente compra de vehículos a motor colapsaba las recién asfaltadas calles de Diamond Bay. La conducción era temeraria y novatada. Y un día tan soleado como aquel 25 de junio, era común que los más jóvenes y adinerados dueños de vehículos, saliesen a pasear, lo que provocó un colapso de automóviles ligero. Sin embargo, los invitados no parecieron aburrirse esperando. Cuando el coche de Rose paró justo bajo las escaleras del templo, se hizo el silencio, expectante. El señor Walter abrió la puerta a su hija, y cuando esta salió, la tomó del brazo. Al hombre se le humedecieron los ojos, sintiendo que era la última vez que sería responsable de llevar a su única hija de la mano a algún sitio. Ahora, la responsabilidad la tendría Frederick Bell, aquel joven a quien tanto le había costado aceptar. Aquel rostro tierno hizo que Rose sintiera un nudo en el estomago. Quería casarse ¡Dios sabía que lo había deseado durante años! Pero la idea de no vivir más con sus padres la entristecía. Se sintió más adulta que nunca, independiente, libre y desprotejida cuando dio el primer paso hacia delante. Ya no había vuelta atrás.

Fred iba vestido con un traje negro y una corbata a juego. Estaba sudando de los nervios, manteniendo una posa erguida, recta, tan incomoda, que ya sentía dolor lumbar. Cuando vio a Rose cruzar el umbral de las enormes puertas de madera, sonrió nervioso. La chica hizo el mismo gesto, y cuando se soltó del agarre de su padre para llegar hasta el lado de su pareja, expresó una risita nerviosa y bajita que liberó toda la tensión entre ambos.

La ceremonia dio comienzo. El padre profirió aquel drama religioso a cual todos prestaban atención excepto los futuros enlazados, que no podían dejar de mirarse de reojo, sonrientes, aguantando la risa. Se conocían desde siempre. Amigos de pequeños, amantes de adolescentes y ahora, casi unidos. Se expresaron los votos, se intercambiaron los anillos que unirían a ambos en toda una vida.

-Sí, quiero-

-Sí, quiero-

Y los cristales se rompieron. Las balas volaron y el vestido blanco... se manchó de sangre helada.


El sol se estaba poniendo como de costumbre, bañando el cielo de Diamond Bay City de tonos rojizos y anaranjados sobre un fondo azul celeste. Para Morgan, que observaba desde el asiento de atrás de su coche oscuro, era como ver una eterna batalla entre el fuego y el hielo. Estremecedor, solía pensar, pero extrañamente reconfortante, sobre todo cuando por fin regresaba a su casa. Morgan Drake vivía un poco más allá del barrio rico de Lightshine, en una colina, cerca de un acantilado con una maravillosa vista a la bahía y la ciudad. Allí, como cada tarde, le esperaba Hana, su hermosa y dulce Hana, su querida hija. Era una bendición dejar de lado todos esos encuentros con tipos trajeados y corbatas horteras para poder verla, hablar con ella, reir e intercambiar historias adecuadas para la joven, que no era ya tan niña, pero a la que quería proteger de la clase de vida que la familia Drake había estado llevando en los últimos años. Se podía decir que fue Norman Draken, el padre de Morgan, quien inició a la familia en los juegos sombríos, como él los llamaba. Morgan era un niño cuando ya veía que su padre se encerraba en una habitación para hablar con varios hombres, todos muy distintos. Cuando pasaban los días, Norman siempre regresaba con grandes sumas de dinero, sin ser una especie de sueldo fijo. Las ganancias familiares crecieron enormemente y no tardaron en hacerse ricos. No fue hasta años más tarde, en su adolescencia, cuando Morgan entendió lo que ocurría, la clase de negocios oscuros en los que su padre se había metido... y cuando los asumió como su estilo de vida y su futuro. Ya desde joven era un chico determinado, incluso se dejó llevar demasiado por las influencias. No tardó nada en adaptar sus modales al ser un llamado gangster. Extorsionar, robar, interrogar... se volvieron sus fuertes. Aprendió a amar el factor del miedo. A utilizarlo contra cualquiera que considerase su enemigo. Ese fue el punto que quizá desvió al chico que era Morgan Drake, amable, educado y trabajador, hacia un hombre al que se podía llamar cruel, sátiro y despreocupado de todo bienestar que no fuese el suyo y el de su hija. Tanto fue así que voluntariamente participó en la Guerra de todas las Guerras hasta el 18. Sobrevivir fue un milagro, lo sabía bien, y no por ello trajo menos cicatrices y traumas. Aún así, le endureció mucho más de lo que jamás habría imaginado y lo convirtió en alguien mucho más peligroso a su regreso. Para entonces su hija ya era una hermosa nenita de 7 años, a la que vio crecer hasta los actuales 14. Tristemente la madre de Hana falleció poco después del regreso de Morgan de la guerra y el hombre se consagró al bienestar de la joven, a la que no le faltaba absolutamente nada. Ni siquiera el más diminuto beso de buenas noches.

Los pensamientos del hombre siempre estaban en ella, incluso abriendo por fin la puerta de su propia casa, que no era otra cosa que una bonita mansión de paredes blancas y cortinas blancas. Fue recibido por su incansable y fiel mayordomo, Lawrence, un hombre de color de edad similar a la del propio Morgan
-Señor Drake- saludó educado el sirviente -La señorita Hana le estaba llamando
-Mucho me temo Lawrence que si no he asistido antes es porque no me hallaba aquí- sonrió burlón
-Es evidente- le devolvió la sonrisa el criado -¿Ha tenido usted una buena tarde?-
-Podrían ser mejores- se quitó con cuidado un anillo que llevaba en la mano derecha. Un sello de oro con una D, inicial de la familia Drake, con una curiosa forma que recuerda a un dragón. Estaba manchado de sangre -Límpiame el anillo y desinféctalo, por favor-
-Claro- asintió Lawrence tomándolo con cuidado y marchándose, dejando a Morgan subir las escaleras del hall principal hacia las habitaciones donde pretendía ver a su hija
-Morgan- llamó una voz desde abajo. El Don se giró para mirar hacia la base de las escaleras, donde estaba Jack, su lugarteniente
-¿Qué pasa Jackie?- sonrió
-Tenemos que hablar. Cierto amigo de la Familia tiene unas ideas revolucionarias sobre cómo y cuando debe pagarnos el dinero que te debe- dijo serio, colocándose el sombrero sobre la cabeza
-¿Quién es ese emprendedor?-
-Wallace-
-Ooh... ¿El anciano?- Jack asintió -Maldita sea...- se rascó la barbilla
-¿Preparo el coche?-
-Acabo de llegar Jackie...-
-No podemos tolerar que nos ninguneen de esta manera ¿O sí? Eres el Don, tú eliges. Pero como consejero y amigo, quiero expresar que me siento ofendido por el hecho de que un viejo quiera imponer sus normas a nuestra Familia-
-Lo sé, Jackie, lo sé- asintió -Sé lo que nos jugamos si permitimos que una sola cucaracha ronde por nuestro jardín. Pondrá huevos y tarde o temprano tendremos una infestación-
-Exactamente- asintió convencido Jack
-Prepara el coche... Antes voy a ir a ver a Hana-
-En seguida- Jack asintió y se marchó al exterior.

En la habitación, la joven estaba leyendo un libro tumbada sobre la cama, ya en camisón. Cuando se abrió la puerta tras tres golpecitos, la chica se levantó casi como un resorte para taparse, pero al ver a su padre, se relajó -Padre- sonrió alegremente -Por fin en casa ¿Vas a quedarte hoy verdad?- se levantó para darle un fuerte abrazo que Morgan correspondió cargado de amor y ternura
-Lo siento cielo-
-¿¡Qué!?- frunció el ceño la chica -¿¡Otra vez!? ¿¡Habrá algún día en que pueda estar contigo una noche tranquila!?-
-Hana... escúchame- su hija se sentó en la cama, malhumorada -Ya sabes que el trabajo de tu padre es algo duro, requiere mucha atención, concentración y...-
-Tiempo- concluyó la niña suspirando
-Tiempo, eso es- le acarició los cabellos -Espero que puedas entenderlo...-
-¿No puedes tomarte unas vacaciones?-
-Eso quisiera- sonrió -Eso quisiera, de verdad- le dio un suave beso en la frente -Pero si me tomo unas vacaciones, mucho me temo que en cuestión de horas perderiamos hasta el blanco de los dientes-
-Estoy segura de que el tío Jackie puede ocuparse-
-¿Tú crees?- rió Morgan -Quizá eso sería hasta lo preocupante. Que Jackie sea capaz de ocuparse de todo esto por su cuenta- Hana suspiró -Vamos, cariño. Te prometo que mañana...-
-No me prometas nada...- bufó -¿De acuerdo? No me prometas absolutamente nada- de mala gana y desanimada, se metió en la cama
-¿Hana...?-
-Llevas prometiéndome cosas desde que soy pequeña. Desde que volviste de esa guerra. Desde que madre murió. Cada noche me has prometido que estarías a mi lado y sin embargo me despierto y lo que encuentro en casa es a Lawrence haciendo el desayuno y al tío Jackie. Me cuenta cosas, me cuida, me compra ropa, me hace compañía... ¿Pero y tú? ¿Dónde estás tú, padre?- Morgan suspiró apesadumbrado -Siempre te ocupas de todo personalmente... Se supone que eres el jefe de todo ¿Por qué siempre tienes que irte?-
-Si quieres que algo se haga bien, cariño, tienes que hacerlo tú mismo... ¿Lo entiendes? El más mínimo error podría llevarnos a la ruina-
-Eso dices siempre... que tienes que hacerlo tú mismo para que todo salga bien...- la niña le miró con dureza -Pero no eres tú quien personalmente está conmigo, ni fuiste tú quien personalmente cuidó a madre ¿Significa eso que es todo culpa tuya?- Morgan se quedó sin palabras, desarmado
-Duerme, tesoro- le dio un ultimo beso en la frente -Mañana será un nuevo día. Te lo aseguro. En todos los aspectos- se marchó hacia la puerta
-Mentiroso...- susurró triste la niña mientras se tapaba con las sábanas. Morgan lo oyó. Cerró la puerta con suavidad al salir de la habitación y frunció el ceño hasta el punto de sentir que le dolía.

El coche avanzaba a través de las calles de Diamond Bay a paso relajado, sin prisa alguna. Dentro del coche reinaba un silencio sepulcral, exceptuando los golpes y murmullos que llegaban desde el maletero de atrás. Morgan se estaba limpiando las manos de sangre con un pañuelo blanco
-¿Te quieres callar de una puta vez?- vociferó Jack hacia atrás
-Por más que le grites, no te obedecerá- dijo Morgan, casi susurrante, con una media sonrisa burlona. Jack conocía esa expresión. Tenía algo en mente y esa idea le intrigó. Jack rió al comprender que lo que el viejo Wallace estaba a punto de experimentar no iba a ser agradable -¿Está viva su mujer?-
-Sí- Jack se encendió un cigarro y dio una calada -Pero tardará en hablar y no volverá a ver con el ojo izquierdo-
-Bien. Espero que sea un buen ejemplo de por qué no hay que intentar negociar con nosotros los términos de nuestra relación de negocios...- llegaron al puerto al cabo de un largo paseo en coche. Fue en el muelle donde bajaron del coche Morgan, Jack, el conductor Perry y Jonah de copiloto. Fue éste último quien bajó a Wallace del capó, maniatado y con el rostro empapado de sangre. No dejaba de agitarse y trataba de gritar, pero un apretado pañuelo en su boca se lo impedía -Tony, Tony, Tony- sonrió Morgan -Viejo amigo, no sabes cuanto me duele tener que estar en esta situación contigo. Me resulta doloroso. Siempre fuiste un buen socio- le quitó el pañuelo -¿Por qué me traicionas? ¿Por qué no quieres pagarme cuando siempre lo has hecho sin quejas?-
-Malnacido- tosió el anciano -Mi nieto está enfermo. Necesito el dinero para pagar sus medicamientos, no he dicho que no vaya a pagarte aún así. Sólo quiero aplazarlo. Señor Drake, por favor...-
-Wallace...- negó con la cabeza Morgan -No sé en qué lugar estudiaste y quién te enseñó modales pero un "Malnacido" y un "por favor" no encajan a la hora de hacer una petición. Además, eres tú quien me debe favores ¿Por qué debería acomodártelo más? ¿Eres consciente de que si tengo mano blanda contigo tendré que tenerla con todos? Esto son negocios, viejo compañero. No se trata de nada personal-
-...Vete a la mierda, Drake. Tú y todos los de tu calaña. Tú y todas esas putas mafias que regáis con sangre las calles de esta ciudad para que crezca el dinero- escupió sangre a la cara de Morgan, el cual se limpió con sumo cuidado con el pañuelo -Si vas a matarme hazlo ya-
-Por nuestra amistad de largos años Wallace voy a darte una oportunidad, pese a todo- hizo una señal a sus hombres -La oportunidad de salir vivo de esta. Sólo demuéstrame tu voluntad y tu fuerza-
-¿Qué quieres decir?-
-Ahora lo verás- sonrió.

En cuestión de minutos, Wallace fue colocado sobre una pequeña barca de madera, encadenado a los extremos y con un cubo en el interior. Le volvieron a colocar la mordaza para que no pidiese ayuda. Perry y Johan lo estaban bajando hacia el agua mientras que Morgan observaba desde el borde del muelle -La barca tiene un agujero- anunció el Don -Se irá llenando paulatinamente de agua, y en tus manos está, nunca mejor dicho, achicar a toda prisa hasta el alba- sacó un reloj de bolsillo para mirar la hora -Unas... cuatro horas- lo guardó de nuevo -Cuestión de voluntad y fuerza Wallace. Serás rescatado por los primeros navegantes de la mañana. Alégrate. Si sales de esta me habrás demostrado que eres un hombre que lucha por su supervivencia y por la de los suyos- una vez la barca estaba en el agua, no tardó en empezar a encharcarse. Los hombres de Morgan empujaron con fuerza la barca para alejarla del muelle y ver como el anciano, con agustia, comenzaba a achicar el agua con dificultad debido a las cadenas. Mientras tanto, Morgan sacó un cigarro y un encendedor zippo para dar unas profundas y lentas caladas. A través del humo, veía cómo Wallace se debatía con determinación para sobrevivir esas cuatro horas, alejándose cada vez más del muelle llevado por la corriente
-El agujero es pequeño- dijo Jack, cruzado de brazos -Lo logrará- observó -¿Y si se chiva a la policía? Está bastante enfadado y cuando descubra lo de su mujer...-
-No lo logrará-
-¿Cómo estás tan seguro? Es viejo, pero se le ve resistente. Cuatro horas es mucho tiempo pero...-
-No lo logrará- concluyó de nuevo Morgan -Desde el principio ha carecido de esperanza y oportunidad-
-No te entiendo- Jack miraba extrañado al lejano Wallace, achicando sin parar
-Por culpa de ese misarable saco de carne, Hana está molesta. Hoy era un día en el que podríamos haber leido algo juntos, haber paseado por los jardines, tomar un refrigerio e incluso ver alguna película o contarle alguna historia divertida. Estar a su lado hasta que se quedara dormida, arroparla y verla descansar con una sonrisa en los labios- dio una profunda calada -Pero no. Tenía que aparecer ese inútil y tocarme los huevos- al hablar el humo salía de su boca en densas bocanadas. Tenía un aspecto casi sobrenatural, como si su voz ardiera -Mi hija y su felicidad vale mucho más que cualquiera de estos gusanos. Más que cualquier cosa en esta ciudad. Jamás perdonaré a nada ni nadie que haga daño a mi hija. Por eso no me perdonaré a mí mismo- miró a Jack -Pero mucho menos a quienes me obligan a hacerle daño- dejó caer el cigarro distraidamente al suelo ante ellos y de pronto se alzó una llamarada. Fue cuando Jack se dio cuenta. Gasolina. Las llamas se extendieron por el corto camino del muelle hasta el mar e, incluso sobre la superficie del agua, se dibujó un camino de llamas azules que se disparaban hacia el bote, que llevaba atado unas garrafas de gasolina que se iban vaciando gradualmente, agujereadas. En cuestión de segundos el fuego alcanzó la barca y ésta comenzó a arder con ferocidad, para posteriormente sufrir un par de estallidos pequeños cuando las garrafas de gasolina reventaron. Desde la distancia vieron a la gimoteante figura de Wallace debatirse y zarandearse para tratar de apagar las llamas, pero éstas le consumirían antes de que la barca se hundiese y lo apagaran
-Eres el diablo- masculló Jack, negando con la cabeza -No se me habría ocurrido-
-El castigo para los enemigos es el miedo y la desesperanza, Jackie- bufó de mal humor -No hay mayor tortura que ofrecerles un terror del que creen que pueden salir. Uno sobrevive cuando es consciente de que no acecha un peligro inminente. El dolor y la desesperación es mucho más grande cuando eres consciente de que se agota tu tiempo a cuando sabes que ya se ha acabado. El enfermo casual teme más que el terminal, un malherido teme más que aquel a quien se le escapa el aliento mientras su corazón se apaga lentamente en segundos. El miedo a perder la única oportunidad de salvar el pellejo es más desgarrador que un puñal. No lo olvides y úsalo como arma- concluyó Morgan -Vámonos de aquí- fueron montándose en el coche uno a uno mientras en la distancia la barca ya se estaba hundiendo y no había signos de movimiento alguno. Pronto se hundiría y las llamas se apagarían por completo, no dejando ni rastro de Wallace
-Se nos ha hecho tarde- apuntó Jack -Pero creo que mañana tendremos que atender unos asuntos con...-
-Ni hablar- terció Morgan furioso -No-
-Pero...-
-No, Jackie- lo miró furibundo -Mañana estaré por y para Hana. No pienso ocuparme de nada-
-No es propio de ti ese pensamiento-
-Te ocuparás de ello- señaló -Sea lo que sea, hazte cargo. Y rápido. Si es algún tipo de problema similar, mánchate las manos de nuevo. Te he dado un claro ejemplo de cómo me gusta hacer las cosas. La sangre entra más rápido que las palabras- sentenció -Y no quiero que se me moleste si no es por algo importante- ante aquellas palabras, Jack comenzó a sonreir muy lentamente
-Claro, Morgan... Déjamelo a mí. Me haré cargo de todo- por fin, había llegado su oportunidad.