Sacar el traje blanco del armario fue como reavivar una ola de sueños que llegaban a su fin.
El hogar de los Walter estaba repleto de bullicio aquella mañana. Las mujeres, iban y venían. Caminaban por los pasillos a pasos acelerados, portando o recogiendo cosas que la protagonista de aquel día necesitara. Todas cuchicheaban, alagaban o criticaban la situación, pero había una en especial, cuyos nervios iban a dispararse en cualquier momento hacia todas direcciones. La señora Walter examinaba cada costura del impoluto vestido de su hija. No quería arrugas, manchas ni ningún tipo de desperfectos. Ni si quiera en el velo. Ni si quiera en el pelo. Aquella mañana, parecía una máquina diseñada para vislumbrar cualquier tipo de minucia, y eso empezaba a poner de los nervios a su hija. -Madre, no te tiene que gustar a ti.
-No le gustará a Fred si no me gusta a mi- se quejó.
-Para ya, está perfecto-
-Aun no lo tienes bien anudado por detrás-
-Me vas a asfixiar-
-Para llamar la atención, a veces hay que hacer sacrificios- aquel comentario hizo que Rose se doliese de la cabeza. Su vestido de novia era perfecto, por mucho que su madre estuviese aun alerta. Los Walter eran una familia de clase media, y sin embargo, el vestido de la mujer lucía, solo podía ser vestido por una hija de familia acaudalada. La razón de tal hecho, era que el señor Walter había estado ahorrando desde hacía dos años para poder darle a su hija el mejor de los vestidos. De seda blanca y mangas de diminutas piedras brillantes, recto y anudado al cuello. Sin duda alguna, sería la envidia de todos quienes la viesen caminar hacia el altar. Por ello, al dar una patada contra el suelo, Rose se alejó por fin de su madre mientras una invitada, una amiga de la familia que era profesional del campo capilar, le arreglaba un mechón suelto del flequillo.
-Venga, vamos. Ya estoy lista. ¿Está el coche listo?-
-¿Ya?- preguntó la señora Walter con horror -Fred debe esperar un rato hasta que puedas entrar. Sería horrible que llegases antes que él a la iglesia-
-Que costumbres mas anticuadas-
-Tu padre esperó dos horas-
-Padre lleva esperándote toda la vida. Venga, vayámonos ya. Cuanto antes comience, antes terminará y podrás relajarte. Ya verás.- Rose sonrió a su madre con dulzura. Estaba emocionada y feliz, pero aun no era capaz de mostrarlo por completo.
-Está bien- suspiró -Ya verás. Va a ser el mejor día de tu vida-
La llegada a la iglesia, finalmente, se atrasó un poco. La floreciente compra de vehículos a motor colapsaba las recién asfaltadas calles de Diamond Bay. La conducción era temeraria y novatada. Y un día tan soleado como aquel 25 de junio, era común que los más jóvenes y adinerados dueños de vehículos, saliesen a pasear, lo que provocó un colapso de automóviles ligero. Sin embargo, los invitados no parecieron aburrirse esperando. Cuando el coche de Rose paró justo bajo las escaleras del templo, se hizo el silencio, expectante. El señor Walter abrió la puerta a su hija, y cuando esta salió, la tomó del brazo. Al hombre se le humedecieron los ojos, sintiendo que era la última vez que sería responsable de llevar a su única hija de la mano a algún sitio. Ahora, la responsabilidad la tendría Frederick Bell, aquel joven a quien tanto le había costado aceptar. Aquel rostro tierno hizo que Rose sintiera un nudo en el estomago. Quería casarse ¡Dios sabía que lo había deseado durante años! Pero la idea de no vivir más con sus padres la entristecía. Se sintió más adulta que nunca, independiente, libre y desprotejida cuando dio el primer paso hacia delante. Ya no había vuelta atrás.
Fred iba vestido con un traje negro y una corbata a juego. Estaba sudando de los nervios, manteniendo una posa erguida, recta, tan incomoda, que ya sentía dolor lumbar. Cuando vio a Rose cruzar el umbral de las enormes puertas de madera, sonrió nervioso. La chica hizo el mismo gesto, y cuando se soltó del agarre de su padre para llegar hasta el lado de su pareja, expresó una risita nerviosa y bajita que liberó toda la tensión entre ambos.
La ceremonia dio comienzo. El padre profirió aquel drama religioso a cual todos prestaban atención excepto los futuros enlazados, que no podían dejar de mirarse de reojo, sonrientes, aguantando la risa. Se conocían desde siempre. Amigos de pequeños, amantes de adolescentes y ahora, casi unidos. Se expresaron los votos, se intercambiaron los anillos que unirían a ambos en toda una vida.
-Sí, quiero-
-Sí, quiero-
Y los cristales se rompieron. Las balas volaron y el vestido blanco... se manchó de sangre helada.
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